Ha amanecido gris cómo el día y decide desayunar en la terracita de su misma calle. Pide un café tan descafeinado como ella y se dispone a escuchar el audio con el que Rocío – su amiga, la bruja – le alegra las mañanas y la vida.
Con la mano derecha sostiene el móvil y la voz que la mece, con la izquierda va arrancando servilletas para limpiarse las lágrimas y los mocos.
Paga los dos euros del desayuno y se vuelve a casa para llorar a sus anchas.
Se echa en la cama y encuentra cierto consuelo en ese techo de madera y tejas, tan inclinado, tan encima.
El techo que tanto echa de menos des de que le faltan sus padres.





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