Zugarramurdi

Para llegar al cementerio de Zugarramurdi hemos de superar una cuesta.

Mirentxu resolpla, por el calor del viento del sur y por la anemia crónica que recibió, por herencia o como maldición de sus antepasadas; esas mujeres que fueron condenadas por brujas por curar a los niños situándolos cara al mar.

Le cuento que las lápidas de los cementerios de Noruega miran también hacia el océano. Las dos sabemos del poder del agua.

Llevamos lilas y crisantemos naranjas que ha comprado amatxi para que los plantemos en la sepultura del tío de Mirentxu.

Amatxi se ha quedado en Orozco, ocupándose del pan. El pan que hace décadas alimenta a un pueblo entero. El pan que no puedes dejar de comer de tan rico como está. Tiene un par de ayudantes para la preparación de la masa pero es ella quien se encarga de sopesar cada uno de los panes antes de introducirlos en el horno de piedra. Más que una comprobación técnica, a mí me parece un ritual de bendición.

Mirentxu se sitúa en cuclillas sobre la tierra que cubre a su tío. Empieza a arrancar los hierbajos mientras yo me hago a un lado para ir pasándole los tiestos. Entre la maleza descubre fresitas y me pregunta si me gustan. Le respondo acercando la palma de mi mano, tan abierta como mi sonrisa. Vamos comiendo y plantando. Se ve que en esta familia, hasta los fallecidos bendicen los alimentos. Mirentxu dice que luego soplará la brisa del mar y estaremos mejor.

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SOBRE MI

Soc la Mercè. Alguns – pocs – em diuen la Piera. La vida no sempre és de color de rosa, però a mi m’agrada i m’escau aquest color.

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