Sara tiene un precioso, largo y lacio pelo rubio que atrae todas las miradas. A los niños de Taznaqt, con una visión del cabello en blanco y negro, les parecía tan irreal que no podían resistirse a tocarlo.
El calor apretaba todo el día así que Sara, muchas veces, amanecía con una trenza baja, cayéndole unos mechones de sol por la cara. Pronto descubrimos su gran habilidad para hacer peinados con trenzas de todo tipo. Así que la habitación compartida de Sara, se convirtió en un improvisado salón de belleza. En cualquier momento de los que teníamos de descanso, podías encontrarla cepillando con sumo cuidado alguna cabellera mientras iba pensando cómo la trenzaría.
Sara es estudiante de quinto curso de Medicina. Uno de esos días, observándola peinar y trenzar, me vino a la cabeza la típica situación en la que se le pregunta a un niño pequeño qué quiere ser de mayor y contesta una retahíla de profesiones inconexas: bombero, locutor de radio y astronauta. Quizá la Sara niña respondió alguna vez que quería ser médica y peluquera. En Taznaqt, ya intuí que en su caso sí había conexión. Hoy, después de leer el precioso cuento de Paola Klug, “Trenzaré mi tristeza”, estoy segura de ello.
Decía mi abuela que cuando una mujer se sintiera triste lo mejor que podía hacer era trenzarse el cabello; de esta manera el dolor quedaría atrapado entre los cabellos y no podría llegar hasta el resto del cuerpo; había que tener cuidado de que la tristeza no se metiera en los ojos pues los haría llover, tampoco era bueno dejarla entrar en nuestros labios pues los obligaría a decir cosas que no eran ciertas, que no se meta entre tus manos- me decía- porque puedes tostar de más el café o dejar cruda la masa; y es que a la tristeza le gusta el sabor amargo. Cuando te sientas triste niña, trénzate el cabello; atrapa el dolor en la madeja y déjalo escapar cuando el viento del norte pegue con fuerza.
Nuestro cabello es una red capaz de atraparlo todo, es fuerte como las raíces del ahuehuete y suave como la espuma del atole.
Que no te agarre desprevenida la melancolía mi niña, aun si tienes el corazón roto o los huesos fríos por alguna ausencia. No la dejes meterse en ti con tu cabello suelto, porque fluirá en cascada por los canales que la luna ha trazado entre tu cuerpo. Trenza tu tristeza, decía, siempre trenza tu tristeza…
Y mañana que despiertes con el canto del gorrión la encontrarás pálida y desvanecida entre el telar de tu cabello.
Trenzaré mi tristeza, Paola Klug
Sara escucha a los pacientes mientras los peina sin prisas ni tirones. A medida que le cuentan sus molestias, penas y temores, ella va atrapándolos en una trenza que remata con un lazo. Entonces coge su talonario de recetas y prescribe, como en el cuento, desatar el lazo cuando el viento del norte pegue con fuerza.
Se lo dije entonces y se lo repito ahora: vas a ser una excelente médica, Dra. Martínez.





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