Se nos pidió “recato” en el vestir cuando estuviésemos en lugares públicos, como la escuela. Eso significaba llevar camiseta de manga corta (no tirantes) y pantalones por debajo de la rodilla. Y lo cumplíamos sin problema, a pesar del sofocante calor. Pero esa noche nos saltamos a la torera la normativa del buen vestir, tanto en Marruecos como en la Conchinchina, cuando nos presentamos a una boda en pijama.
Todo tiene una explicación, o no.
Esa noche, como ya estábamos inmersos en el horario local “maspachorraimposible” empezamos a cenar pasadas las doce. A la una y media, con el pijama puesto, nos reuníamos alrededor de la única pila de la casa para cepillarnos los dientes. Con 18 personas, te da tiempo de pasar el cepillo veinte veces por la misma muela antes no te toque enjuagarte. Más de una vez temí morirme, ya no de calor, sino ahogada por la propia mezcla acumulada de saliva y pasta de dientes. Tras este ritual, había dos opciones: meterte en la habitación-horno e intentar dormir o quedarte un rato en la terraza dónde la temperatura era más o menos agradable. Laura, Natalia y yo optamos por la segunda opción.
Laura es estudiante de último curso de enfermería pero podría trabajar perfectamente en el Club de la Comedia. Capaz de imitar a cualquier cosa que respire (incluso a aquellos que parecen no hacerlo) hace reír con sus comentarios hasta las piedras. Por el bien de los pacientes, espero que trabaje muchos años de enfermera pues con su dulzura y buen humor ya consigue más del cincuenta por ciento de su curación.
Natalia es otro encanto de ser humano y compartimos la facilidad por reírnos.
Con Laura de “showoman” y Natalia y yo de público, pronto nos dieron las tres entre risas. Para rematar, apareció el Juan Valdez marroquí (pero con una cosecha tirando más a verde), preguntándonos: ¿vosotras felises o fumadas? Destornilladas de risa decidimos salir de la casa para no despertar al resto.
Una vez en la calle, se oía de lejos la música de una boda. En Taznaqt, las celebraciones de boda duran de tres a siete días (una farra continua). Sin más, apareció el bueno de Hassan diciendo que nos íbamos los cuatro de boda. Nosotras le respondimos que de ninguna manera. Primero, porque el pobre hacía rato que ya dormía y se había despertado expresamente para acompañarnos (sin él no nos permitirían acceder a la boda). Segundo, porqué ¡¡íbamos en pijama!! Con su habitual “no paaaasa naaada”, acabó convenciéndonos.
En medio de un terreno pedregoso apareció una enorme haima rodeada por una multitud de hombres del pueblo. Al levantar Hassan uno de los laterales de la tienda, vimos sentados en su interior, a las mujeres y a los niños y en el centro, la novia. Vestía un recargado vestido tradicional blanco pero se la veía muy bonita. Sentada en una silla dorada, era levantada por cuatro hombres, con elegantes trajes, que ejecutaban una coreografía perfectamente sincronizada al son de los músicos. Las niñas parecían princesas, con rasos, tules y el pelo trenzado con clips de todos los colores. Las mujeres también lucían sus mejores galas. Estábamos hipnotizadas por el magnífico espectáculo hasta que horrorizadas comprobamos que los novios pretendían abandonar la fiesta justo por el rincón dónde estábamos estratégicamente situadas para pasar lo más desapercibida posibles. Así, vimos en primera línea como los novios se despedían de los invitados, saludando con la mano al estilo de la (ex)reina Sofía y con una expresión en la cara que no hacía falta saber árabe para interpretarla (cara de “estamos hasta el piiiip de tanto folclore y nos vamos a casa a consumar esto de una piiiip vez”).
Tras la fuga de los novios, los invitados ocuparon la pista central de baile de la haima para seguir con la celebración y Hassan pretendía que nos uniésemos a la fiesta. Por aquí sí que ya no pasaba. Hacía rato que había adoptado la posición de la momia. Con los brazos cruzados por encima del pecho pretendía ocultar que bajo ese fino camisón a rayas no había ningún sujetador. Bailar en esa postura era de lo más incómodo y ridículo; abandonarla y dejarse llevar por el ritmo frenético de los tambores podía suponer acabar en comisaría. Laura y Natalia tampoco se quedaban cortas. No sé si eran más ofensivos sus cortísimos pantaloncitos de pijama o el estampado de sus camisetas. Ese Garfield y Snoopy, respectivamente, con sus enormes panzas, eran un insulto para los escuálidos gatos y perros que corrían por Taznaqt.
Con ese panorama y porque nos acercábamos a las cinco de la mañana, iniciamos la retirada. De camino a casa, calculaba las pocas horas que nos quedaban para dormir. Me consolaba pensar que en la boda había distinguido a muchos de los niños de la escuela y, en caso que acudieran por la mañana, irían tan dormidos como yo y no se percatarían si en clase de inglés escribía “monkey” debajo el dibujo de la vaca. Lo que sí tenía claro es que me vestiría como Alá manda y podría jugar con ellos al corro de la patata sin miedo a movilizaciones indecorosas de mi anatomía.





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