Nuestro primer “egun on/bon dia” en Noruega imaginó un lugar en el extremo norte de la Tierra, donde se unen el océano Atlántico con el océano Ártico.
Nos acomodamos pues, en la confortable furgoneta roja que nos acompañaría a lo largo de casi dos semanas y tomamos rumbo hacia Honningsvåg, la ciudad más septentrional de Europa.
Superamos el par de horas calculadas para llegar a nuestro destino debido a que el paseo de los renos por la carretera nos obligó a detenernos en numerosas ocasiones. Resultó una ventaja poder admirar con calma su pelaje espeso y preguntarnos cómo era posible mantener el equilibrio con semejante cornamenta en la cabeza.
Nos preocupaba también que la temperatura inverosímil de veinticinco grados resultara un suplicio para nuestros amigos peludos. La mejor estampa –tal y como Ana confesaría al final del viaje – fue ver como remojaban sus patas en la playa.

Los samis, los pastores de renos indígenas de Escandinavia, afirman que sus almas se tocan con las de los cérvidos. Ese día, las almas de los renos y de Ana chapotearon juntas en la playa.

Una caseta de madera oscura nos dio la bienvenida, indicándonos la ruta para alcanzar el centro de visitantes del cabo Norte, el llamado North Cape Hall. Sin embargo, nosotras íbamos a ir más allá: al cabo Knivskjellodden, el verdadero Cabo Norte. Con la emoción, no nos fijamos en las botas y la gorra que colgaban, signo inequívoco de que la excursión de seis horas, con calor y por un sendero pedregoso, iba a resultar todo un reto.

Alcanzamos el techo de Europa y me dejé caer al suelo por puro cansancio y porque mi mente se colapsó ante la imposibilidad de discernir dónde el agua se convertía en cielo. La visión del acantilado del Cabo Norte adentrándose en el mar y elevándose más de trescientos metros por encima del mismo, me acabó de convencer que habíamos llegado al fin del mundo.


Hubiéramos necesitado la eternidad para asimilar dónde estábamos y quiénes éramos pero nos esperaban tres horas de camino de vuelta y sin reserva de agua. Pensamos en los renos y en cómo nos gustaría poner a remojar nuestros recalentados pies en las frías aguas del ártico.






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