La conocí una semana después de llegar a Taznaqt, una aldea perdida al sudeste de Marruecos, en agosto de 2014.
Sus grandes ojos destilaban una sabiduría impropia para una niña de diez años pero ella quería aprender más y más. Continuamente reclamaba mi atención para mostrarme sus pulcros dibujos o para pedirme que le enseñase una nueva canción o juego.
Nos entendíamos y eso que ella solo hablaba en árabe.
Nunca sonreía ni para hacerse una foto.
Una mañana, en lugar de darme los buenos días, resiguió con sus dedos de arena mis labios sonrientes. Yo le respondí acariciándole la mancha de nacimiento que atravesaba su frente. Fue cuando comprendió cuál era la marca de cada una.





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