Tras una rica cena marroquí, Isabel y yo decidimos quedarnos sentadas fuera de la casa.
Aunque ya es de noche, sigue haciendo muchísimo calor en Taznaqt, una pequeña aldea situada al sudeste de Marruecos. Taznaqt es monocromático pues la tierra de sus “calles” se funde con la arcilla de sus pequeñas casas cuadradas. Esta monotonía visual solo la rompen los cientos de niños que viven allí, especialmente la niñas, con sus coloridos vestidos y sus adornos para el pelo.
Charlamos contemplando el cielo de Taznaqt. Nunca antes había visto un cielo tan estrellado como éste, con una Vía Láctea tan nítida que podría amamantar a todos los bebés del Universo. La imagen ideal para nuestra conversación.
Isabel está embarazada de unas pocas semanas. Es su primer embarazo y me explica que se siente extraña, como si de pronto solamente supiera mirar hacia su interior. Aunque ya hace años que pasé por esa experiencia, me parece que sus palabras describen con una exactitud asombrosa, la misma sensación que entonces sentí yo. Pero a Isabel le preocupa que el giro de 180 grados de sus globos oculares, le merme el contacto con los niños de Taznaqt. Como cooperantes que somos, cada día compartimos con ellos unas horas en las que les enseñamos idiomas, informática y música pero sobretodo, compartimos juegos y risas.
La conversación se ve interrumpida por la aparición súbita de Zacarías. Tiene 9 años y la fea costumbre de pegar para llamar la atención. Se acerca con la mano levantada pero se la agarro antes que aterrice sobre mi muslo. Con un rápido movimiento pongo su mano en forma de garra y hundo mis dedos en los suyos, quedando libres nuestros dedos gordos. Le reto a un duelo de pulgares. No ha jugado nunca antes pero en cuanto su pulgar queda atrapado bajo el mío, comprende de qué va la cosa. No le ha gustado perder, así que le invito a probar de nuevo. Esta vez me dejo ganar y sonríe satisfecho. Me desarma por completo cuando de pronto, se sienta sobre mi regazo, me abraza y hunde su cabeza en mi pecho. Le beso ese negro pelo, endemoniadamente ensortijado y le susurro al oído: “així sí que m’agrades”.
Nos quedamos los tres en silencio. La Vía Láctea se refleja en las pupilas de Isabel, eclipsando sus dudas y preocupaciones. Infinitas son las estrellas que la forman como infinita es la capacidad de Isabel para amar a su bebé y a todos los niños del planeta. Ella lo sabe y yo también.





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